"LA VENDIMIA I ¡Una vendimia da, así, placer!/ Ni un grano podrido en el racimo./ Y todos los racimos, firmes, fijos, negros./ Uva de árboles, y parece uva de viña./ ¡Pero aquí están en agosto las cigarras/ que hacen levantar los ojos! ¡Aquí la vid arraiga!/ Trae el tonel. Está lleno./ ¡Si tuviera alas!/ ¡Si tuviera alas de una golondrina!/ Haría el nido en tu almohada./ - Mira: la avispa quiere la más bella./ - La abeja hace la miel, y le basta una flor,/ flor de trébol, flor de lupinela./ - Ha hecho bien a la uva el estridor/ de todo el verano. - Lo que hace por una,/ no hace por la otra. - Ahora, contaba las horas./ "Acá las cestas, mujeres"./ - ¡Oh, bella morena!/ Cuando naciste, en el cielo una campana/ sonaba sola, a la luz de la luna./ - Esta la extenderéis en la azotea:/ es demasiado bella para ir al lagar./ - ¡Pero también aquello es como vino de granada!/ - No hubo lluvias, no hubo escarcha./ - Traed de beber. Mucho a la uva le agrada/ sentir en el rostro el aliento del vino./ - Pisa un poco el tonel./ - "Estoy en camino,/ ¿Y qué me das, que me conviene irme?"/ "Un beso en la boca, para que no te vayas"./ - La paradisa tiene racimos largos y claros,/ y todos de oro son los granos, y tienen/ el sol dentro, el sol que traspasa./ - Rigo, de todas estas aquí, se hacen/ tortas, para que, tú con la esposa al lado,/ las comáis al alba, el primer día del año./ La uva quiere decir lo bueno, lo bello, lo mucho./ Y trae buena suerte, oh Rigo./ - Tengo en contra, yo siento,/ hasta las ventanas, y cuando paso y canto,/ se cierran solas sin viento. II Así cortabas la dulce uva, al fin,/ con tus vecinos, que los vecinos son/ medio parientes, y con tus vecinas,/ oh Rigo. El tiempo hacía ya rato que era bueno,/ y la vendimia se cocía madura/ hasta en la umbría; cuando sentiste un trueno./ Dijiste: lo bello es bello, pero no dura./ Y vendimiaste. Y era un día seco,/ se resbalaba por la gran aspereza,/ un zumbido de avispas era denso por doquier,/ caliente estaba la uva y, en los toneles aún,/ rendía ya el olor del mosto y el fluir./ La gente había venido al amanecer/ cuando la escarcha o la neblina inerte/ evapora en el cielo, y el cielo se colorea./ Entonces las mujeres ascendieron por las cuestas,/ hablando bajo, y cortaban a prueba/ los racimos con las pequeñas uñas expertas./ Los cortaban en el nudo que se encuentra
a mitad del tallo. Las gallinas alrededor/ bandean el anuncio, de vez en cuando, de los huevos./ Pero creció el vario parloteo con el día./ Subía, para cortar las pinzanes,/ un jovencito al álamo y al fresno./ Cantaba luego, cuando estaban lejos/ las mujeres, cuando en una su cestilla/ llevaba el vino Violeta y el pan./ Ella estaba en casa de su hermana/ desde hacía un mes y más; pero estaba por volver/ a su casa, más pálida y más bella./ "Hay tiempo:" Rigo a la gentil comadre/ decía "allá atrás está la vid en vuestra casa./ Luego iré yo: no hay de por medio el mar"./ ¡Era un placer volver a verlas unidas/ a las dos hermanas en el trabajo de siempre!/ Pero aquellas tardes, en el octubre apacible,/ también se daba que lloraban entre ellas. III Estaban aquella tarde en la ventana./ Subían unos con los toneles llenos,/ otras bajaban con vacía la canasta./ Hablaban en el largo ir y venir,/ alto, que en ellos también hablaba el vino./ "Se quiere terminar, antes de cenar"./ "No queda que el hilera aquí cerca./ Serán dos toneles o tres; pero un poco,/ para que los contenga, quiere pisado el lagar"./ El cielo ya se coloreaba en fuego./ Al colmo lagar el jovencito esbelto/ se lanzó sobre él, como a probar por juego./ Estuvo en el borde un poco de pie, bello,/ radiante todo de su bello mañana,/ a brazos extendidos, semejante a un pájaro./ Luego se inclinó, se aferró con las manos/ al borde, y dentro, entre los racimos rotos/ hundió las piernas y sobre el crujir de los granos./ El rojo mosto resurgió espumante/ sobre los corvejones; y él giraba en redondo/ apretando con los talones y con las plantas./ Y el sol rojo iluminaba al rubio/ vendimiador; y he aquí, desde un remoto/ canto del cielo un tintineo jocundo./ Uno, desde el cielo, acompañaba el movimiento/ de sus pies, desde aquellos rosados copos,/ golpeando con furia sobre un bronce vacío.../ El otro movía rápidos las rodillas/ sobre el rojo mosto, también movía la cabeza/ bien en cadencia, el sol en medio de los ojos./ Pero era un sonido de campanas en fiesta./ Y aquel pisaba; cuando, de improviso,/ Rosa allá arriba, Rosa, ya muda y triste,/ se levantó, húmedo de llanto el rostro,/ con un sollozo, y Violeta, inclinada/ a mirar fuera inmersa en una sonrisa/ se volvió blanca, y murmuró: ¡Rosina! (de Nuevos Poemitas)"

Giovanni Pascoli

Poeta • Italia • Siglo XIX

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