"BACCO EN TOSCANA

Del Índico Oriente
Domador glorioso, el Dios del Vino
Detuvo su alegre estancia
En torno a las colinas Etruscas;
Y allí donde imperial palacio
La augusta frente hacia las nubes alza,
Sobre verde prado
Con la vaga Ariadna un día se sentó,
Y bebiendo y cantando
A su bello ídolo así decía:

Si de las uvas la sangre amable
No reconforta siempre las venas,
Esta vida es demasiado lábil,
Demasiado breve y siempre en penas.
Tan bella sangre es un rayo encendido
De aquel Sol que en el cielo veis;
Y quedó atado y preso
De más racimos a la red.
Arriba, pues, en esta sangre
Renovemos las arterias y los músculos;
Y para quien envejece y languidece
Preparemos vasos mayúsculos:
Y en fiesta audaz
Entre las bromas y las risas
Dejemos, dejemos pasar
A aquel que en números y en medidas
Se enreda y se consume,
Y aquí abajo Tiempo se llama;
Y bebiendo, y rebebiendo
Los pensamientos mandemos al exilio.

Bendito
Aquel Clarete,
Que se escancia en Aviñón,
Este vasto bellaco
Yo lo vierto dentro de mi pecho;
Pero de aquel, que tan puro
Se vendimia en Artimino,
Quiero tragarme más de una tina;
Y en tan dulce y noble lavacro,
Mientras mi pulmón todo se empapa,
Ariadna, mi Numen, a ti consagro
La tina, el frasco, el botellín, la pevera.
Acusado,
Atormentado,
Condenado
Sea aquel que en llano de Lecore
Primero osó plantar las vides;
Infinitos
Cabras y ovejas
Se devoren esos sarmientos,
Y los tallos
Lluvia cruel de granizo asperísimo:
Pero alabado,
Celebrado,
Coronado
Sea el héroe que en las viñas
De Petraja y de Castello
Plantó primero el Moscatel.
Ahora que estamos en fiesta y en júbilo,
Bebamos de este bello crisólito,
Que es hijo,
De un sarmiento
Que hace vivir más de lo habitual:
Si de esto tú bebieras,
Ariadna mía bellísima,
Crecerá tanto tu hermosura,
Que en el flor de la juventud
Parecerás Venus mismísima.
Del grácil,
Del tan divino
Moscatel
De Montalcino
A veces por broma
Pido una copa;
Pero no caigo
En beber el tercero;
Es un vino, que es todo gracia,
Pero sin embargo demasiado me sacia.
Un tal vino
Lo destino
Para extravagancia y para placer
De las vírgenes severas,
Que encerradas en sacro lugar
Tienen de Vesta en cura el fuego;
Un tal vino
Lo destino
Para las damas de París,
Y para aquellas,
Que tan bellas
Alegran el Támesis:
El Pisciancio del Cotone,
Donde rico es lo Scarlatti,
Quiero que lo beban las personas,
Que no saben hacer sus asuntos.
Aquel tan endulzado,
Tan empalagoso,
Descolorido y enclenque
Pisciarello de Bracciano,
No es sano,
Y mi dicho quiero que apruebe
En sus doctos cartapacios
El erudito Pignatelli;
Y si en Roma al vulgo place
Se lo dejo en santa paz:
Y si bien Ciccio d’Andrea
Con amable fiereza,
Con terrible dulzura,
Entre grandes truenos de elocuencia,
En mi propia presencia
Ensalzar un día quería
Aquel de Aversa ácido y áspero,
Que no sé si es agraz o vino,
Él en Nápoles se lo beba
Del soberbio Fasano en compañía,
Que con lengua profana osó decir
Que del buen vino al par de mí se entiende;
Y ya impío blasfemador pretende
De las Tigres Niseas en el carro dorado
Ir en triunfo en torno al bello Sebeto;
Y a aquellos laureles, con que tiene la frente adornada,
Aún entrelazar la pampinosa viña,
Que alegre arraiga en Posillipo e Ischia;
Y más adelante se adentra, e incluso se arriesga
A blandir el Tirso y amenazarme altivo:
Pero con él pelearme ahora no quiero;
Porque a él de mi furor preserva
Febo y Minerva.
Quizás ocurrirá, que sobre el Sebeto yo quiera
Alzar un día de delicias un trono:
Entonces lo veré humillado, y en don
Ofrecerme devoto
De Posillipo e Ischia el noble Griego;
Y quizás entonces reconciliarme con él
No será que yo desdeñe, y beberemos en tresca
A la usanza alemana;
Y entre las ánforas vastas y el enguistar
Será de nuestras contiendas
Juez ilustre y espectador bien contento
El Marqués gentil del Oliveto.
Pero mientras tanto aquí sobre el Arno
Yo de Pescia el Buriano,
El Trebbiano, el Colombano
Me los trago a manos llenas:
Él es el verdadero oro potable,
Que mandar suele al exilio
Todo mal irremediable;
Él es de Helena el Nepente,
Que hace estar al mundo alegre
De los pensamientos
Oscuros y negros
Siempre suelto, y siempre exento.
De ahí viene, que siempre jamás
Entre su filosofía
Lo tenía en compañía
El buen viejo Rucellai;
Y al resplandor de él bien comprendía
Los átomos todos cuantos y cada corpúsculo
Y muy bien distinguir sabía
Del matutino el vespertino crepúsculo,
Y señalaba de dónde tuviese origen
La pereza de los astros y la vertigine.
¡Cuánto errando, oh cuánto va
En buscar la verdad
Quien del vino lejos se está!
Yo estoy cerca, y ahora gozando me doy cuenta,
Que en bello color de fresa madura
La Barbarossa me atrae,
Y tanto me deleita,
Que templar amaría la interna arsura,
Si el griego Hipócrates,
Si el viejo Andrómaco
No me lo prohibieran,
Ni me regañaran,
Que suele a veces debilitar el estómago;
Lo desconcierta cuanto sabe;
Quiero beber al menos dos escudillas,
Porque sé, mientras que yo las vacío,
Al final a dónde va.
Con un sorbo
De buen Corso,
O de puro antiguo Hispano,
A ese mal ofrezco un socorro,
Que no es de curandero:
No sea ya que el chocolate
Se usara, o bien el té,
Medicinas así hechas
No serán jamás para mí:
Bebería antes el veneno
Que un vaso, que estuviera lleno
Del amargo y reo café:
Allá entre los Árabes,
Y entre los Jenízaros
Licor tan hostil,
Tan negro y turbio
Los esclavos engullan.
Allá en el Tártaro,
Allá en el Érebo
Las impías Belides lo inventaron,
Y Tesífone y las otras Furias
A Proserpina lo ministraron;
Y si en Asia el Musulmán
Se lo atiborra a precipicio,
Muestra tener poco juicio.
Tienen juicio, y no son tontos,
Aquellos toscanos bebedores,
Que tragan los humores
De la vaga y de la rubia,
Que de alegría los corazones inunda,
Malvasía de Montegonzi;
Cuando por las fauces y por el esófago
Ella gorgotea y murmura,
Me hace nacer en el pecho
Un indistinto e incógnito deleite,
Que se puede bien sentir,
Pero no se puede repetir.
Yo no lo niego, es preciosa,
Odorosa
El Ámbar líquido cretense;
Pero demasiado alta y orgullosa
Mi sed jamás apagó;
Y es vencida en gracia
Por la etrusca Malvasía:
Pero si fuera que de cidonio escollo
Quitados los soberbios y nobles sarmientos
Rejuvenecieran sobre las toscanas colinas,
Deponer veríanse el natural orgullo,
Y aquí donde el beber se aprecia
Precio tendrán de gentileza.
Quien la lánguida Cerveza
A los labios suyos une
Pronto muere, o rara vez llega
A la edad vieja y barbuda:
Beba la sidra de Inglaterra
Quien quiere ir pronto bajo tierra;
Quien quiere ir pronto a la muerte
Las bebidas use del Norte.
Hacen los locos bebedizos
Aquellos Noruegos y aquellos Lapones;
Aquellos Lapones son bien groseros,
Son bien sucios en su beber;
Solamente al verlos,
Me harían salir de quicio.
Pero se queden con el mal día
Tan profanas habladurías,
Y mi labio profanado
Se purifique, se sumerja,
Se hunda
Dentro de un pechero dorado,
Lleno en torno de aquel vino
Del viñedo
Tan benigno,
Que flamea en Sansavino;
O de aquel que rojizo,
Brillantito
Hace soberbio al Aretino,
Que lo cría en Tregozzano,
Y entre las piedras de Giggiano.
Será quizás más chispeante,
Más picante y más punzante,
Oh copero, si tú requieres
Aquel Albano,
Aquel Vaiano,
Que rubio,
Que rojizo
Allá en los huertos de mi Redi.
Maná del cielo sobre tus trenzas llueva,
Viña gentil, que esta ambrosía infundes;
Cada tu vid en cada tiempo mueva
Nuevas flores, nuevos frutos y nuevas frondas;
Un río de leche en dulce forma y nueva
Las piedras tuyas plácidamente inunde;
Ni perezoso hielo, ni tempestuosa lluvia
Te perturbe jamás, ni jamás te deshoje,
Y tu Señor en su edad más vieja
Pueda de tu vino beber con el cubo.
Si la amada de Titón
A su canoso marido
Con un vasto cuenco
De tal vino hiciera invitación,
Aquel buen viejo allá arriba
Volvería a la juventud.
Volvamos nosotros mientras tanto a beber;
Pero con qué nuevo refrigerio
Coronar podré el vaso
Para un brindis sonoro?
Con el Topacio pisado en Lamporecchio,
Que es famoso castillo por aquel Masetto,
A enguirnaldar las tazas ahora me apresto,
Con tal que helado esté y sea puro,
Helado, cual en la estación del hielo
El más frío aquilón silba por el cielo.
Bodegas y cantimploras
Estén listas a todas horas
Con bruñidas bombonas
Cerradas y apretadas entre las brinas
De las nieves cristalinas.
Son las nieves el quinto elemento,
Que componen el verdadero beber:
Bien es loco quien espera recibir
Sin nieves en el beber un contento:
Venga pues de Vallombrosa
Nieve a raudales:
Venga pues de cada choza
Nieve en copo;
Y vosotros, Sátiros, dejad
Tantas patrañas y tantos embustes,
Y del hielo me traed
De la gruta del monte de Boboli.
Con altos picos
De los picos de picapedreros
Rompedlo,
Desmenuzadlo,
Fragmentadlo,
Trituradlo,
Hasta que todo se pueda resolver
En menuda y fridísima pólvora,
Que me haga el beber más fresco
Para refrigerio del paladar,
Ahora que estoy muerto de sed.
Del vino caliente si yo me atiborro,
Decid pues que yo no soy Baco;
Si jamás pruebo una gota,
Decid pues, y os perdono,
Que yo soy un verdadero Arlotto:
Y aquel que primero en gráciles versos
Tuvo a las Gracias lisonjeras al flanco,
Y luego por su gran corazón ardito y franco
Vibró sus dichos en fulmines conversos,
El grande anacreóntico admirable
Menzin, que resplandece por febea guirnalda,
De satírico hiel negra bebida
Me ofrezca hostil, agria e inevitable.
Pero si vivo constantísimo
En quererlo archifridísimo,
Aquel que en el Pindo es soberano, y en el Pindo goza
Glorias inmortales, y al par de Febo tiene los alardes
Aquel gentil Filicaia himnos de alabanza
Sobre la cítara suya siempre me cante;
Y otros cisnes ebriosos,
Que de laurel se coronen,
En sus cantos armoniosos,
Mi nombre siempre resuenen,
Y retumben:
¡Viva Baco nuestro rey!
¡Evoé,
Evoé!
¡Evoé replique a porfía
Aquella turba tan preclara,
Más bien aquel regio senado,
Que decide, en trono sentado,
Cada sabio y docto pleito
Allá donde las etruscas voces criban y afinan
La gran Maestra, y del hablar Reina;
Y el Segni secretario
Escriba las actas al Calendario,
Y despache correos
À monsieur l’Abbé Regnier.
¿Qué vino es aquel allá,
Que tiene aquel color dorado?
La Malvasía será,
Que al Trebbio honor ya dio:
Ella es de verdad, ella es;
Acércala un poco acá,
Y lléname para mí
Aquella gran copa allá:
Es buena por mi fe,
Y mucho a gusto me va:
Yo bebo en sanidad,
Toscano Rey, de ti.
Antes de que yo hable de ti, Rey sabio y fuerte,
Lavo mi boca con este humor,
Humor, que dado al siglo nuestro en suerte,
Inspira gentil suavidad de olor.
Gran Cosmo, escucha. A tus virtudes el cielo
Aquí abajo promete eternidad de gloria,
Y mis oráculos, sin ningún velo
Escritos ya están en la inmortal historia.
Saciado luego de años, y de grandes obras onusto,
Volviendo la espalda a esta baja mole
Para volver allá arriba, de donde descendiste,
Resplandecerás luminoso en torno a Júpiter
Entre las Mediceas Estrellas astro nuevo;
Y Júpiter mismo, de tu luz adornado,
Girá más luciente al éter en torno.
Al son del címbalo,
Al son del crótalo,
Ceñidas de Nébridas
Ágiles Basárides,
Arriba, arriba mezcladme
De aquella púrpura,
Que en Monterappoli
De los negros racimos
Tan bella se exprime;
Y mientras rieguen
Las áridas vísceras
Que siempre me abrasan,
Los expertos Faunos
En el cabello me entretejan
Guirnaldas de pámpano;
Luego, al estrépito
De flautas y castañuelas,
Trescando entonen
Estrambotes y frotolas
De alto misterio;
Y las ebrias Ménades,
Y los alegres Egipanes
A aquel místico su tosco sermón
Tengan bordón.
Turba villana mientras tanto
Aplauda a nuestro canto,
Y desde la colina vecina acuerde y suene
Talabalaches, tamboriles y cuernos,
Y cornamusas y pífanos y despertadores:
Y entre cien colasciones
Cien toscas aldeanas,
Rasgueando el dabbudà,
Canten y bailen el bombababà.
Y si cantándolo,
Archibailándolo,
Ocurre que se cansen,
Y por gran ávida
Sed se fatiguen;
Volviendo a beber
Sobre el prado se sienten,
Canturreando
Con rimas esdrújulas
Motes y coplas,
Sonetos y cánticos;
Después, diciéndose
Flores intercambiables,
Siempre jamás vuelvan
De nuevo a beber
La altiva púrpura,
Que en Monterappoli
De los negros racimos
Tan bella se exprime;
Y la matrimonian
Con el dulce Mámolo,
Que allá se embotella,
Donde salvaje
El Magalotti en medio del sol
Encuentra el otoño en aquella misma fuente,
Más bien en aquella piedra, donde el antiguo Esón
Dio nombre y fama al solitario monte.
Esta copa, que parece un charco,
Llena está de un vino tan fuerte y tan potente,
Que por broma audazmente
Desarraiga los dientes y las mandíbulas desquicia:
Casi bien hinchado y rápido torrente
Golpea el paladar y el gaznate inunda,
Y precipita hacia abajo tan fremente,
Que apenas lo capea una y otra orilla.
Madre le fue aquella escarpada ladera,
Donde el añoso fiesolano Atlante,
En el más denso mediodía y más brillante
Hacia el ojo del sol el flanco alza.
Fiesole viva, y con ella viva el nombre
Del buen Salviati, y su bello Majano:
Él a menudo con devota mano
Ofrece diademas a mis sacras cabelleras,
Y yo a él sano preservo
De todo mal crudo y protervo;
Y mientras tanto
Para mi alegría tengo cerca
Aquel gran honor de su real bodega
Vino de val di Marina.
Pero del vino de val di Botte
Quiero beber día y noche,
Porque sé que en precio lo tienen
Incluso los maestros de color que saben:
Él de una colmada copa y rebosante
Con tan dulce continente el corazón me toca,
Que para repetirlo no sería bastante
Mi Salvin, que tiene tantas lenguas en la boca.
Si por suerte ocurriera, que un día lo pruebe
Dentro de sus lombardos grasos cenáculos,
Con la escudilla en mano hará milagros
El esplendor de Milán, el sabio Maggi.
El sabio Maggi de Hipocrene en la fuente
Menzognero licor nunca bebió,
Ni sobre el Parnaso lisonjero él tuvo
Guirnaldas profanas al honorada frente:
Otros caminos él corrió; y un bello sendero
Raro, o nunca batido, abrió hacia el éter;
Solo a los numes y a los héroes en la áurea cítara
Ofrecer le plugo su gran canto altivo;
Y sería verdaderamente un capitán,
Si, dejando de su Lesmo el vino,
A trincar se pusiera el vino toscano:
Que atraído a la fuerza por el potente olor,
Puesto en no hacer caso a los lodigianos armentos,
Consigo se iría en compañía de honor,
Con las mejillas de mosto y teñidas y llenas,
El Pastor de Lemene;
Yo digo él, que, jovencito, escribió
En la corteza de las hayas y de los laureles
Del paladín Macaron las riñas,
Y de Narciso los enajenados amores;
Y las cosas del cielo más santas y bellas
Ahora escribe a caracteres de estrellas:
Pero cuando se sienta
Bajo una encina,
Al son del zúfolo
Cantando spippola
Églogas, y celebra
El purpúreo licor de su bello collado,
Que besa el Lambro el pie,
Y a quien Colombano el nombre dio,
Donde las vides en lascivos enredos
Casadas están, en vez de olmos, a las higueras.
Si hay alguno, a quien no plazca
La Vernaccia
Vendimiada en Pietrafitta,
Interdicto
Maldito
Húya lejos de mi presencia,
Y por pena siempre engulla
Vino de Brozzi,
De Quaracchi y de Peretola,
Y por afrenta y por escarnio
En eterno
Coronado sea de acelga;
Y sobre el corcel del viejecillo Sileno,
Cabalgando a contrapelo y a bisdosso,
Por un insolente satiro obsceno
Con infame flagelo venga golpeado:
Y después atado en vergonzoso lugar,
A los niños plebeyos sirva para juego;
Y lo alcance de vendimia
Esta horrible blasfemia.
Allá de Antinoro sobre aquellas colinas altivas,
Que tienen de las Rosas el nombre,
Oh cómo alegre, oh cómo
De los granos más negros
De un Canaiuolo maduro
Exprimo un mosto tan puro,
Que en los vasos brota,
Salta, espumea y brilla!
Y cuando en bello paraje
De cada otro vino lo pruebo,
Despierta en mi pecho
Un cierto no sé qué,
Que no sé decir si es
O alegría, o puro deseo:
Él es un deseo nuevo,
Novel deseo de beber,
Que tanto más se acrecienta,
Cuanto más vino se mezcla.
Mezclad, oh mis compañeros,
Y en la grande inundación vinosa
Se zambulla y nos acompañe
Toda alegre y festosa
Esta, que a Pan se asemeja
Cabribarbicornípede familia.
Mezclad, arriba, mezclad:
Todos ahoguemos la sed
En algún vino pulposo,
Cual es aquel, que a diluvios hoy es vendido
Por el Caballero del Ámbar,
Para recomprar poco musgo y ámbar.
Él se ha metido en humor
De encontrar un olor
Tan delicado y fino,
Que sea más grato que el olor del vino:
Mil inventa olores electos,
Hace abanicos y almohadillas,
Hace suaves perfumerías,
Y riquísimas confituras,
Hace polvillos,
Hace bolsillos,
Que por cierto son perfectos;
Pero no encuentra el pobrecito
Olor, que iguale el grande olor del vino.
Desde los yugos del Perú
Y desde los bosques del Tolú
Hace venir,
Estoy por decir,
Mil drogas, y quizás más;
Pero no encuentra el pobrecito
Olor, que iguale el grande olor del vino.
Huele, Ariadna, este es el vino del Ámbar:
Oh qué robusto, oh qué vital olor!
Solo de esto en el corazón
Se rehacen los espíritus y en el cerebro,
Pero lo que es más, goza aún el labio.
Aquel gran vino
De Pumino
Siente un poco del albaricoque;
Sin embargo de medio agosto
Yo lo quiero siempre cerca;
Y de esto no me avergüenzo,
Porque a beberlo sobre el melón
Me parece justo su estación.
Pero no es lícito a cada vino
De Pumino
Estar a la mesa redonda;
Solo admito a mi mesa
Aquel que el noble Albizzi dispensa,
Y que hecho de uvas selectas
Hace las mentes claras y ágiles.
Hace las mentes claras y ágiles
Incluso aquel,
Que ahora pruebo, y de él hablo
Por sentencia sin apelación:
Pero bien antes de hablar de él
Quiero probarlo otra vez.
Tú, Sileno, mientras tanto escucha.
¿Quién lo creería jamás? En el bello jardín
En los bajos de Gualfonda abismado,
Donde tiene el Riccardi alto dominio,
En gran palacio y de gran oro ornado,
Ríe un bermejo, que puede estar frente
Al piropo gentil de Mezzomonte;
De Mezzomonte, donde a veces yo suelo
Hacer contentos mis deseos a pleno,
Cuando sentado en verdeante solio
De aquel suave piropo me lleno el seno,
De aquel suave piropo, almo y jocundo,
Gema bien digna de los Corsini héroes,
Gema del Arno, y alegría del mundo.
El rocío de rubí,
Que en Valdarno las colinas honra,
Tanto huele,
Que por él su precio pierde
La morenita
Violetita
Cuando brota de su verde;
Si yo bebo de él,
Me levanto
Sobre los yugos de Permeso,
Y en el canto tanto me enciendo,
Que pretendo, y me doy alarde
A competir con Febo mismo.
Dame pues del bocal de oro
Aquel rubí, que es mi tesoro:
Todo lleno de alto furor
Cantaré versos de amor,
Que serán más suaves,
Y más gratos que lo que es
El buen vino de Gersolè;
Luego, al son de una zanfona,
O de una áurea cennamella,
Ariadna, ídolo mío,
Alabaré tu cabellera rubia,
Alabaré tu boca bella.
Ya se avanza en mí el ardor,
Ya me hierve dentro del seno
Un veneno,
Que es veneno de almo licor:
Ya Gradivo egidarmado
Con el niño aljabatado
Infernifoca mi corazón:
Ya en el baño de un vaso,
Ariadna, ídolo amado,
Me voy a hacer tu caballero,
Caballero siempre bañado.
Por causa de tan bello orden,
Sin escándalo o desorden
Arriba en el cielo en gloria inmensa
Podré sentarme con mi gran Padre a la mesa:
Y tú, gentil consorte,
Hecha conmigo inmortal, vendrás allá donde
Los numes excelsos hacen corona a Júpiter.
Otro beba el Falerno, otro la Tolfa,
Otro la sangre que lacrima el Vesubio:
Un gentil bebedor jamás se atiborra
En aquel humoso y ferviente diluvio:
Hoy quiero yo que reine dentro de mis vasos
La Verdea suavísima de Arcetri:
Pero si pido
De Lappeggio
La bebida purpurina,
Se dé fondo a la bodega.
Arriba trinquemos de tan buen país
Mezzograppolo, y a la francesa;
Arriba trinquemos rincappellato
Con granella y soleggiato:
Tragamos a guerra rota
Vino rullato y a la scïotta;
Y entre nosotros gozando,
Gavazzando,
Compitamos a quien más embotella.
Embotellemos sin miedo,
Sin regla o medida:
Cuando el vino es gentilísimo,
Se digiere prontísimo
Y por él jamás molesta
La espita en la cabeza;
Y dar fe podría
El anatómico Bellini,
Si de las uvas y si de los vinos
Hacer quisiera anatomía.
Él al menos, oh lengua mía,
Te enseñó con su bello arte
En qué parte
De ti misma, y en qué vigor
Puedes probar cada sabor.
Lengua mía ya hecha astuta,
Prueba un poco, prueba este otro
Vino robusto, que se alardea
De haber nacido en medio del Chianti,
Y entre las piedras
Lo produjo
Para las gentes más bebonas
Vid baja, y no broncone.
Anhelaría ver traspasado
Por una serpiente en medio del pecho
Aquel avaro villano,
Que, para hacer su vid
De más racimos fecunda,
Allá en los montes del buen Chianti,
Verdaderamente villano,
La casó con un broncone.
Del buen Chianti el vino decrépito
Majestuoso
Imperioso
Me pasea dentro del corazón,
Y me expulsa, sin estrépito,
Cada afán y cada dolor;
Pero si jarra yo tomo en mano
De brillante Carmignano,
Tan grato en el seno me llueve,
Que ambrosía y néctar no envidio a Júpiter.
Ahora este, que destiló de las uvas morenas
De viñas pedregosísimas toscanas,
Bebe, Ariadna, y ten de él lejanas
A las cabellazules Náyades importunas:
Que sería
Gran locura
Y feísimo pecado,
Beber el Carmignan cuando está aguado.
Quien el agua bebe,
Jamás recibe
Gracias de mí:
Sea pues el agua o blanca o fresca,
O en los tonfani sea morena,
En su amor a mí no me embauca
Esta tonta e importuna,
Esta tonta, que a menudo
Hecha altiva y caprichosa,
Riotosa e insolente,
Con furor pérfido y ladrón
Tierra y cielo pone patas arriba.
Ella rompe los puentes y los márgenes,
Y con sus nembosas aspersiones,
Sobre los floridos y verdes márgenes
Lleva ultraje a las flores más vírgenes;
Y las undosas surgencias
A las moles estabilísimas,
Que serían perpetuísimas,
De ruina son orígenes.
Alabe pues las aguas del Nilo
El soldán de los Mamelucos,
Ni el Hispano jamás se aburra
De ensalzar aquellas del Tajo,
Que yo por mí no soy vago de ellas:
Y si por suerte alguno de los míos
Fuera jamás tan ardito,
Que bebiera un solo dedo,
De mi mano lo estrangularía.
Vayan pues, vayan a arrancar
La achicoria y los raponches
Ciertos magros mediconzoles,
Que con el agua cada mal piensan expulsar:
Yo de ellos no me fío,
Ni con ellos me afano,
Más bien de ellos me río;
Que, con tanta su agua, yo sé que ellos tienen
Un cerebro tan duro y tan redondo,
Que cuadrar no podría ni siquiera en práctica,
Del Viviani el gran saber profundo
Con toda cuanta su matemática.
De mi mesnada
Lejos se vaya
Cada bigornia,
Que de agua adereza
Llena se está:
El agua cedrada
De Limoncello,
Sea desterrada
De nuestro hostal:
De los jazmines
No hago bebidas,
Pero tejo guirnaldas
Sobre estos mis cabellos:
Del Aloscia y del Candiero
No los anhelo y no los quiero:
Los sorbetes, aunque ámbarados,
Y mil otras aguas olorosas
Son bebidas de desganados,
Y de féminas melindrosas:
Vino, vino a cada uno beber necesita,
Si huir quiere cada daño;
Y no parece para nada vergüenza
Entre los vasos enloquecer seis veces al año.
Yo por mí solo en el caso,
Y solo por gentileza
Apruebo este y luego este otro vaso;
Y así haciendo, del nevoso cielo
No temo el hielo,
Ni jamás en el más gran granizo yo me embozo
En el zamberlucco,
Como siempre se emboza
De su limpia peluca
Hasta todos los pies
El enjuto y friolento Redi.
¿Qué extraños vahídos
De improviso me hacen guerra?
Me parece justo, que la tierra
Bajo los pies me se dé la vuelta;
Pero si la tierra comienza a temblar
Y tambaleándose amenaza desastres,
Dejo la tierra, me salvo en el mar.
Vara, vara aquella góndola
Más capaz y bien provista,
Que es nuestra favorita.
Sobre esta nave,
Que temple tiene de cristal,
Y sin embargo no teme
Del mar enojoso el baile,
Yo ir me quiero
Para mi gentil esparcimiento,
Conforme yo suelo,
De Brindisi en el puerto,
Con tal que esté cargada
De brindisevol mercancía
Esta mi barca.
Arriba boguemos,
Naveguemos,
Naveguemos hasta Brindisi:
Ariadna, brindis, brindis.
Oh bello ir,
Por barca en el mar
Hacia la tarde
De primavera!
Vientecillos y frescas auras,
Desplegando alas de plata,
Sobre el azul pavimento
Tejen danzas amorositas,
Y al murmullo de los trémulos cristales
Desafían siempre a los navegantes a los bailes.
Arriba boguemos,
Naveguemos,
Naveguemos hasta Brindisi:
Ariadna, brindis, brindis.
Pasavoga arranca, arranca;
Que la tripulación no se cansa,
Más bien alegre se reconforta,
Cuando arranca hacia Brindisi:
Ariadna, brindis, brindis.
Y si a ti brindis yo hago,
Para que a mí haga el buen provecho,
Ariannuccia, vaguccia, belluccia,
Cántame un poco y recántame tú
Sobre la mandola la cuccurucù,
La cuccurucù,
La cuccurucù,
Sobre la mandola la cuccurucù,
Pasavo’
Pasavo’
Pasavoga, arranca, arranca;
Que la tripulación no se cansa,
Más bien alegre se reconforta,
Cuando arranca
Cuando arranca hacia Brindisi:
Ariadna, brindis, brindis.
Y si a ti,
Y si a ti brindis yo hago,
Para que a mí
Para que a mí
Para que a mí haga el buen provecho,
El buen provecho;
Ariannuccia leggiadribelluccia,
Cántame un poco,
Cántame un poco,
Cántame un poco, y recántame tú
Sobre la vïola la cuccurucù,
La cuccurucù,
Sobre la vïola la cuccurucù,
Ahora qué negra con frémitos horribles
Se ha desatado tempestad fierísima,
Que, de los truenos entre los horridos silbidos,
Bufa nubes de granizo asperísima?
Arriba, naviero, ardito y fiero,
Arriba, naviero, adopta cada arte
Para huir el reo peligro:
Pero ya vencido cada consejo,
Veo rotos remos y jarcias,
Y se enfurecen sin embargo
Vientos y mar en travesía.
Tira esferas ya por popa,
Y atranca, oh marangone,
El arcipoggia y el artimone;
Que la nave se va
Allá donde está el fin del mundo,
Y quizás incluso un poco más allá.
Yo no sé lo que yo diga,
Y en las aguas yo no soy práctico;
Me parece bien que el cielo predica
Un evento más reumático;
Descienden Sïoni de la aérea claustra,
Para reforzar con las ondas un nuevo asalto,
Y, por la liza del cerúleo esmalte,
Los caballos del mar se golpean en justa.
He aquí, ohimè, que yo me mareo,
Y me doy cuenta,
Que nosotros estamos todos perdidos:
He aquí, ohimè, que yo hago lanzamiento,
Con grandísimo lamento
De las mercancías preciosas,
De las mercancías mías vinosas,
Pero me siento un poco más descargado.
Alegría, alegría: yo ya admiro,
Para aportar salud al leño enfermo,
Sobre la antena de proa moverse en giro
Las oricrinitas estrellas de Santermo.
Ah! no, no; no son estrellas:
Son dos bellas
Botellas grávidas"

Francesco Redi

Médico • Italia • Siglo XVII

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