"Se atribuye a Talleyrand una bella historia en la que el príncipe explica a un huésped poco acostumbrado a las sutilezas del arte de la degustación que, antes de llevar un buen vino a la boca, primero hay que contemplarlo y luego olerlo largamente. «¿Y luego», pregunta el huésped impaciente, «se bebe?». «No, señor, todavía no», responde Talleyrand, «luego se vuelve a poner la copa sobre la mesa y se habla de él»."
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